La Segunda Guerra Mundial terminó en 1945. Pero para el teniente japonés Hiroo Onoda, la guerra siguió durante casi tres décadas más. Escondido en la selva de una isla de Filipinas, se negó a rendirse hasta 1974 porque estaba convencido de que el conflicto continuaba.
Una orden que no admitía excepciones
Onoda era un oficial de inteligencia del ejército imperial japonés. En diciembre de 1944 fue enviado a la isla de Lubang, en Filipinas, con la misión de sabotear las operaciones enemigas y resistir todo lo posible.
PUBLICIDAD
Sus órdenes eran claras: bajo ninguna circunstancia debía rendirse ni quitarse la vida. Tenía que seguir combatiendo hasta que llegaran nuevas instrucciones. Esa orden marcaría el resto de su vida.
Escondidos en la selva
En febrero de 1945, las fuerzas estadounidenses y filipinas tomaron la isla. La mayoría de los soldados japoneses murieron o se rindieron, pero Onoda y otros tres hombres se internaron en las montañas.
PUBLICIDAD
Durante años sobrevivieron comiendo frutas, cocos y arroz, y robando ganado a los campesinos de la zona. Vivían en movimiento constante, escondiéndose de las patrullas y convencidos de que seguían en guerra.
"Es propaganda enemiga"
A fines de 1945 encontraron folletos que anunciaban la rendición de Japón. No les creyeron. Pensaron que era un engaño del enemigo para hacerlos salir. Lo mismo ocurrió con otros panfletos, cartas y hasta fotos de sus familias que fueron arrojados desde aviones durante los años siguientes.
PUBLICIDAD
Para Onoda, todo era parte de una trampa. Su lógica era implacable: un verdadero soldado japonés jamás se rendiría, y por lo tanto esos mensajes tenían que ser falsos.
Uno a uno, sus compañeros desaparecieron
Con el paso del tiempo, el grupo se fue reduciendo. Uno de los soldados se separó y se entregó a las autoridades filipinas en 1950. Otro murió en un enfrentamiento en 1954. El último compañero de Onoda murió en 1972, abatido por la policía local.
PUBLICIDAD
Durante esos años, las acciones del grupo también dejaron víctimas entre los habitantes de la isla, un aspecto oscuro de esta historia que muchos filipinos nunca olvidaron.
El joven que lo encontró
En 1974, un joven aventurero japonés llamado Norio Suzuki viajó a Filipinas con un objetivo curioso: según él mismo contaba, quería encontrar "al teniente Onoda, a un oso panda y al Abominable Hombre de las Nieves, en ese orden".
PUBLICIDAD
Increíblemente, lo logró. Encontró a Onoda en la selva y se hicieron amigos. Pero el soldado le aclaró que solo depondría las armas si se lo ordenaba un superior.
La rendición
Suzuki regresó a Japón con fotos como prueba, y el gobierno japonés localizó al antiguo comandante de Onoda, el mayor Yoshimi Taniguchi, que para entonces trabajaba como librero. En marzo de 1974, Taniguchi viajó a Lubang y le leyó formalmente la orden de cese de las operaciones.
PUBLICIDAD
Recién entonces Onoda entregó su espada, su fusil, municiones y granadas. Tenía 52 años. Había pasado 29 de ellos peleando en una guerra que ya no existía.
Una vida después de la selva
El presidente filipino Ferdinand Marcos lo indultó. De regreso en Japón, Onoda fue recibido como una celebridad, pero le costó adaptarse a un país totalmente transformado. Al poco tiempo se mudó a Brasil, donde tuvo una granja, y más tarde fundó en Japón escuelas de supervivencia para jóvenes.
PUBLICIDAD
Murió en 2014, a los 91 años. Su historia inspiró libros y películas, y sigue siendo uno de los ejemplos más extremos de lealtad, obstinación y aislamiento del siglo XX.