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La ola más dulce y mortal de la historia: el día que un tsunami de melaza sepultó a una ciudad

En 1919, un tanque gigante reventó en Boston y una ola de melaza arrasó un barrio entero. Hubo 21 muertos.
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La ola más dulce y mortal de la historia: el día que un tsunami de melaza sepultó a una ciudad
Suena a chiste, pero fue una de las tragedias más extrañas del siglo XX. El 15 de enero de 1919, en pleno barrio North End de Boston, en Estados Unidos, un tanque gigante lleno de melaza explotó y liberó una ola marrón y pegajosa que arrasó todo lo que encontró a su paso. Murieron 21 personas y unas 150 resultaron heridas.
La historia la conoce como la Gran Inundación de Melaza, y todavía hoy sigue sorprendiendo a quien la escucha por primera vez.
¿Para qué tanta melaza?
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La melaza es un jarabe espeso y oscuro que se obtiene del procesamiento de la caña de azúcar. A comienzos del siglo XX no solo se usaba para endulzar: también era la materia prima para fabricar alcohol industrial, que a su vez se utilizaba en la producción de explosivos y municiones.
Con la Primera Guerra Mundial recién terminada, la demanda había sido enorme. Por eso, en el puerto de Boston funcionaba un tanque de almacenamiento de una empresa productora de alcohol con una capacidad gigantesca.
Un gigante con fallas
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El tanque medía unos 15 metros de alto y alrededor de 27 metros de diámetro. Aquel día contenía cerca de 8,7 millones de litros de melaza.
Con el tiempo se supo que la estructura tenía serios problemas desde su construcción. Las paredes de acero eran demasiado delgadas para el peso que debían soportar y nunca se había hecho una prueba adecuada llenándolo de agua. Los vecinos contaban que el tanque goteaba, y según los relatos de la época, la respuesta de la empresa fue pintarlo de marrón para que las pérdidas no se notaran.
El estallido
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Ese 15 de enero había sido un día inusualmente templado para el invierno de Boston, después de jornadas de mucho frío. Poco después del mediodía, testigos escucharon un ruido sordo, similar a una ametralladora, provocado por los remaches que saltaban del tanque. Segundos después, la estructura se partió.
Una ola de melaza de varios metros de altura —algunos cálculos hablan de hasta 7 u 8 metros— salió despedida a una velocidad estimada de unos 55 kilómetros por hora.
Una ola imposible de escapar
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La fuerza del líquido fue devastadora. Derribó edificios, arrancó las vías del tren elevado, arrastró carros y caballos, y atrapó a todas las personas que estaban en la zona. Muchas víctimas eran trabajadores del puerto y vecinos del barrio, que en ese momento era una zona de inmigrantes, principalmente italianos e irlandeses.
El problema no era solo la velocidad. La melaza es extremadamente densa y viscosa: quien quedaba atrapado no podía moverse, y cuanto más intentaba liberarse, más se hundía. A medida que avanzaba la tarde y la temperatura bajaba, la melaza se volvía todavía más espesa, lo que complicaba aún más los rescates.
Rescates en medio del pegote
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Marineros, policías, bomberos y voluntarios trabajaron durante horas para sacar a los sobrevivientes. Los rescatistas avanzaban con dificultad, hundidos hasta la cintura en la sustancia. Algunas víctimas no fueron encontradas sino varios días después del desastre.
La limpieza fue otra odisea. Se usó agua del puerto para intentar diluir la melaza, y durante semanas el agua de la bahía tuvo un tono marrón. Muchos vecinos aseguraron que, durante décadas, en los días de calor el barrio seguía oliendo dulce.
El juicio que cambió las reglas
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Tras la tragedia, los afectados iniciaron una de las primeras demandas colectivas importantes de Massachusetts. La empresa intentó sostener que el tanque había sido saboteado, pero la investigación concluyó que la causa fue la mala construcción y la falta de controles.
La compañía terminó pagando a las víctimas una indemnización cercana a los 600.000 dólares de la época, una cifra enorme para entonces. Pero el impacto más duradero fue otro: el caso llevó a que se endurecieran las normas de construcción y se exigiera que los cálculos de ingenieros y arquitectos fueran firmados y certificados, una práctica que luego se extendió a otras partes de Estados Unidos.
Un recuerdo pegajoso
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Hoy, en el lugar donde estaba el tanque, hay un parque con canchas deportivas. Una pequeña placa recuerda a las víctimas de aquel día en que un barrio entero quedó sepultado bajo una ola dulce y mortal.
La Gran Inundación de Melaza sigue siendo una de esas historias que parecen inventadas, pero que demuestran que la realidad, muchas veces, supera a cualquier ficción.
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