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El juicio más macabro de la historia: desenterraron a un papa muerto, lo sentaron en el trono y lo condenaron

En el año 897, un papa mandó a desenterrar a su antecesor, lo sentó en un trono y lo sometió a juicio.
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El juicio más macabro de la historia: desenterraron a un papa muerto, lo sentaron en el trono y lo condenaron
De todos los episodios oscuros de la historia de la Iglesia, pocos son tan macabros como este. En enero del año 897, en Roma, un papa ordenó desenterrar el cadáver de su antecesor, vestirlo con los ornamentos papales, sentarlo en un trono y juzgarlo por sus supuestos crímenes. La historia lo recuerda como el Sínodo del Cadáver.
Una época de caos
Para entender cómo se llegó a semejante escena hay que ubicarse en el contexto. A fines del siglo IX, el papado vivía uno de sus momentos más turbulentos. Las familias nobles de Roma y distintos aspirantes al título de emperador peleaban por controlar la elección de los papas, que se sucedían rápidamente en medio de intrigas, alianzas y venganzas.
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En ese escenario, el papa Formoso, que gobernó la Iglesia entre 891 y 896, había tomado decisiones políticas que le ganaron enemigos poderosos, entre ellas coronar emperador a un rival de la facción que dominaba Roma.
Nueve meses después de muerto
Formoso murió en abril de 896. Tras el breve pontificado de su sucesor, llegó al trono Esteban VI, alineado con los enemigos del papa fallecido.
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En enero de 897, unos nueve meses después de su muerte, Esteban VI ordenó exhumar el cuerpo de Formoso para someterlo a juicio. El cadáver, en avanzado estado de descomposición, fue vestido con sus ropas papales y sentado en un trono frente a un tribunal de clérigos.
Un juicio sin defensa posible
Entre las acusaciones, se le reprochaba a Formoso haber violado las normas de la Iglesia al ser elegido papa mientras era obispo de otra ciudad, entre otros cargos. Esteban VI interrogaba al cadáver a los gritos.
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Para "responder" en nombre del acusado se designó a un joven diácono, que debía hablar por el muerto. Como era de esperar, la defensa no tuvo éxito.
La condena
Formoso fue declarado culpable. Su pontificado fue anulado y todas sus decisiones, incluidas las ordenaciones que había realizado, quedaron invalidadas.
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Como castigo, le arrancaron las vestiduras papales y le cortaron los tres dedos de la mano derecha con los que los papas impartían la bendición. Luego, su cuerpo fue enterrado en una fosa común y, poco después, arrojado al río Tíber.
El castigo para el juez
El escándalo fue enorme y la opinión pública de Roma se volvió contra Esteban VI. Según algunos relatos, el cuerpo de Formoso apareció en la orilla del río y empezaron a circular rumores de milagros atribuidos al papa muerto.
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Ese mismo año, Esteban VI fue depuesto, encarcelado y finalmente estrangulado en prisión.
Un juicio anulado
Los papas que vinieron después anularon el Sínodo del Cadáver, rehabilitaron a Formoso y prohibieron que en el futuro se juzgara a una persona muerta. Los restos del pontífice fueron recuperados y vueltos a sepultar en la basílica de San Pedro.
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Más de once siglos después, el Sínodo del Cadáver sigue siendo considerado uno de los episodios más extraños y sombríos de la historia del papado, un reflejo de hasta dónde podía llegar la lucha por el poder en la Roma medieval.
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