Hoy parece lo más normal del mundo: un investigador encuentra una huella digital en la escena del crimen y la compara con la de los sospechosos. Pero hubo una primera vez. Y ocurrió en la Argentina, más precisamente en Necochea, en 1892, gracias al trabajo de un policía de la provincia de Buenos Aires llamado Juan Vucetich.
El hombre detrás del método
Juan Vucetich nació en 1858 en la isla de Hvar, en la actual Croacia, y llegó a la Argentina siendo joven. Se incorporó a la Policía de la provincia de Buenos Aires, con sede en La Plata, donde terminó a cargo de la oficina de identificación.
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En esa época, el método más usado en el mundo para identificar delincuentes era la antropometría, creada por el francés Alphonse Bertillon, que se basaba en tomar medidas del cuerpo: la cabeza, los brazos, las orejas. Era un sistema lento, costoso y con muchos errores.
Las huellas como firma única
Vucetich se interesó por los estudios del científico británico Francis Galton, que sostenía que las huellas dactilares son únicas e invariables a lo largo de la vida. A partir de esas ideas, en 1891 desarrolló un sistema propio para clasificar las huellas y archivarlas de forma ordenada, de manera que pudieran buscarse y compararse con rapidez.
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Lo llamó "icnofalangometría", aunque más tarde se impondría el nombre de dactiloscopia. Faltaba una prueba de fuego que demostrara su utilidad.
El crimen de Necochea
Esa prueba llegó en junio de 1892. En Necochea, dos chicos fueron hallados asesinados en su casa. Su madre, Francisca Rojas, acusó a un vecino, que fue detenido e interrogado con dureza, pero que negó todo y tenía una coartada.
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La investigación estaba estancada cuando intervino el inspector Eduardo Álvarez, que había sido entrenado por Vucetich en su nuevo método.
La huella en el marco de la puerta
Al revisar la escena, Álvarez encontró una huella de un pulgar marcada con sangre en el marco de una puerta. Cortó ese trozo de madera y lo comparó con las huellas del vecino acusado. No coincidían.
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Luego tomó las huellas de la madre. Esas sí eran idénticas. Al ser confrontada con la evidencia, Francisca Rojas confesó el crimen. Fue la primera vez en la historia que una investigación criminal se resolvió gracias a una huella dactilar.
Del escepticismo al mundo entero
El caso le dio a Vucetich la confirmación que necesitaba. La provincia de Buenos Aires adoptó su sistema y, con el tiempo, la Argentina se convirtió en uno de los primeros países del mundo en usar las huellas dactilares como método oficial de identificación de las personas.
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Su sistema de clasificación fue adoptado por numerosos países, en especial en América Latina, y Vucetich viajó para explicarlo y difundirlo. Su obra lo convirtió en una figura reconocida a nivel internacional en el campo de la criminalística.
Un legado que llevamos en el DNI
Vucetich murió en 1925 en Dolores, provincia de Buenos Aires. Hoy, el museo de la Policía bonaerense y numerosas instituciones llevan su nombre.
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Cada vez que un argentino apoya el dedo para tramitar el DNI, desbloquear el celular o resolver un trámite, está usando, sin saberlo, una idea que un policía de La Plata convirtió en herramienta hace más de un siglo.